Europa en autostop. Última parte. Vivir en aeropuertos


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December 1st 1989
Published: December 1st 1989
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1 DE DICIEMBRE DE 1989



HISTORIAS DEL AEROPUERTO

Stuttgart, Luxemburgo, Keflavik, Nueva York. Llegué al aeropuerto JFK, pero mi conexión rumbo a Dallas (y de ahí a El Paso) salía del aeropuerto de La Guardia ¡24 horas después!
Fui a La Guardia con la idea de meter mis cosas en un locker y darme una vuelta por la ciudad. ¡Pero no había, carajo! Así que tuve que instalarme en una incómoda banca aeroportuaria a cuidar mis cosas y esperar.
A unos metros de mí, ocupando un asiento, había una escultura muy rara, de papel y plástico, con forma humana, que me hacía sentirme muy, muy lejos del arte abstracto. Horas después, empezó a moverse. ¡Pensé que alucinaba! Pero no. En un procedimiento perezoso, que debe haber demorado quince minutos, la persona que había bajo todo eso logró liberarse, acomodando con todo cuidado los diversos materiales en una bolsa. Había dormido ahí sin hacer un solo movimiento, tanto que yo no había percibido que se trataba de un ser humano.
Al día siguiente, yo seguía ahí. Como el dinosaurio de Monterroso. Toda la fauna aeroportuaria se había renovado. Un grupo de jóvenes gringuitos había puesto una mesa y colocado mamparas con carteles, y repartía folletos. Advertían que la gente debía tener cuidado con los "turkeys", porque eran malos y engañaban a los niños.
¡Turkeys! Yo venía de Alemania, un país donde los turcos son especialmente discriminados. Y "Turkey" en inglés significa Turquía. Me levanté indignado y fui a decirles que eran unos racistas de lo peor, que era un insulto que estuvieran haciendo eso, que yo era mexicano y que si discriminaban a los turcos, que no inmigran tanto a Estados Unidos, seguro que con los mexicanos serían mucho peores, queee... "Turkey también significa pavo", me dijo una güerita sonriente, señalándome el dibujo de un guajolote que había en uno de sus carteles. "Y aquí les decimos ‘pavos’ a los traficantes de drogas, no a los turcos" (que en inglés son "turkish").
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Por fin, New York-Dallas y Dallas-El Paso. ¡La gloria! Hecho pedazos, cansado de depender de mí mismo, de cuidar de mí, de comer cuadritos de chocolate, agotado por dos meses de viajes en autostop, de dormir en carreteras, cafeterías, estaciones de tren y aeropuertos, sabía que al bajar del avión encontraría a mi papá, a mi hermano y a su mamá, la Chata, esperándome, felices de verme, dispuestos a abrazarme, alimentarme y velar por mí, deseosos de llevarme a un magnífico restaurante mexicano para comer hasta hartarme, antes de dejarme dormir como rey en un hotel sensacional con una cama suave y enorme... y si no era enorme, qué importaba, con que fuera suave, era suficiente.
No podía contener mi inquietud mientras esperaba las maletas, por fin llegaron, salí corriendo a buscar a mi gente... ¿dónde están? Izquierda, derecha, al fondo... ¿En el restaurante? ¡Hoola! ¿Papaaaá? ¡Papá! Nada. A todos los recibían sus parientes, aunque sólo hubieran salido de viaje tres días, pero ¿a mí? Ni un perro.
Esperé horas. Se hizo de noche. "Ya deben estar por llegar", pensaba. "Es que vienen desde Chihuahua, está lejos". No tenía dólares. A pedir dinero para el teléfono. Llamé a Chihuahua. "Témoris, ¿de dónde llamas? ¿Ya llegaste? ¿Pero cómo?" Pues en avión, obviamente. "Es que tu papá está en México". ¡Qué! "No sabíamos que llegabas". ¡Pero cómo no!
Llamaron a mi tío Pepe, que vive en Ciudad Juárez. Muy amable, me fue a recoger... al día siguiente. Otra noche aeroportuaria. Su esposa, la tía Socorrín, muy norteña ella, muy querendona, insistió en que me quedara varios días. Por supuesto que yo me moría por llegar al DF.
Por fin, me pusieron en un autobús. Era un vehículo viejo, de asientos incómodos y estrechos. Al lado mío se sentó un tipo gordo que me apretaba contra la ventanilla. El desierto chihuahuense me sofocaba. Entraba diciembre, pero hacía un calor de tres niveles: en el autobús, encerrado y engentado; afuera de él -si abría la ventanilla, el viento seco, polvoso y tibio se atascaba en mi garganta; y adentro de mí, los órganos se me derretían como la grasa de la carne en la parrilla.
Era un viaje pesado, 24 horas hasta el DF.
¿2,000 kilómetros de un tirón?, ¡qué maravilla!, pensé, mientras planeaba cómo iba a escribir, doce años después, una edición del famoso Serviçâo do Informaçâo do um tal Temoriçâo que enviaría por Internet a todos mis amigos. ¡Imagínense que ya sabía todo sobre Internet!
En cualquier otro momento, 24 horas de autobús me hubieran deprimido. Pero no entonces, después de tantas cosas. Agotado, sin deseos de hacer el recuento de las cosas maravillosas que me ocurrieron y la gente maravillosa que conocí, pensaba:
Todo lo que tengo que hacer es relajarme en este asiento y dejarme llevar. No tengo que esperar a la orilla de la carretera, entre la nieve. No tengo que platicarle a nadie. No tengo que pensar en qué me va a pasar si me agarran robando jamón. No tengo que preocuparme qué piensa el conductor, si acaso se imagina que cometió el error de levantar a un latino que trafica drogas en la inverosímil ruta de contrabando Amsterdam-Madrid. No debo temer que nadie me arroje del coche en la cima de los Pirineos, o que alguien me pida el pasaporte y me acuse de ser ilegal, que me deporten.
Sólo debo cerrar los ojos, sonreír y darme cuenta que por fin, por fin estoy en mi patria. Con nuestros problemas eternos, nuestros errores, nuestras condenas. Con nuestro carácter de ilusos y fantasiosos que tan bien nos ha protegido de la desconfianza, el autoencierro y el catastrofismo que padecen los alemanes. Con nuestro enorme gusto por la gente, por reírnos de todo hasta el final, por seguir por siempre enamorados de la muerte, la muerte a la que día a día le arrebatamos la vida, la muerte de la que siempre nos morimos de risa.
Exhausto y feliz, por fin estoy en México.

Este blog es parte de la serie “Europa en autostop”, publicada originalmente en el Serviçâo do Informaçâo do um tal Temoriçâo.
Vínculos a las demás partes de la serie
Primera parte. Vivir en Múnich
Segunda parte. Colarse en un hostal en Ámsterdam
Tercera parte. Colarse en un edificio en Amberes
Cuarta parte. De gorra en Madrid
Quinta parte. Polizones en el tren
Última parte. Vivir en aeropuertos

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22nd October 2007

saludos
hola temoris, casualmente buscando informacion , encontre tu blog, la verdad lo he leido con mucha atencion y sinceramente me ha facinado , me da mucho gusto que despues de mucho tiempo te encuentre o te rencuentre, besos. la gallinaza.
10th January 2008

wow, and after all .... no tiene madre tu relato eh! creo deberias de escribir una guia para "autostoppers", con lo basico a cargar o algo así ... me quedo leyendo ...

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