Una inmensidad de arena anaranjada, un terreno de suaves ondulaciones que se suceden hasta el infinito, un cielo impoluto durante las primeras horas de la tarde, un hombre envuelto en ese color intenso que se sitúa entre el turquesa y el añil. Sus pasos se encaminan, tranquilos y decididos, hacia el horizonte, hacia algún lugar que solo él conoce. Nada más que eso: arena, cielo y hombre. Es un tuareg recorriendo su territorio, allí donde yo solo veo la nada el ve un camino... y a mí eso me fascinó. Sin dromedarios, sin compañía, de llevar agua debe estar protegida entre
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