Pese haber acabado a altas horas de la noche dando un recital a lo Tony Bennet el plan de hoy era lo suficientemente emocionante como para levantarse pronto. El Grand Canyon no se visita cada día y merecía la pena hacer el esfuerzo de “madrugar”. Me ha hecho rabia abandonar Page, Arizona sabiendo que la tarjeta de memoria donde están las interesantes fotos de mi aventura por el Territorio Navajo se queda en algún lugar del pueblo, seguramente en alguna basura. Pero siempre quedará el recuerdo, ¿no?
La entrada al parque del Grand Canyon, regentado como no por los Navajo, cuesta la friolera de ¡25 dólares! Es cierto que con ella tienes derecho a una semana de actividades en la zona, ya que estamos hablando de un paraje incomparable que no te lo acabas ni en un mes, pero no estaría mal un precio más razonable para los que sólo queremos echar un vistazo, hacer cuatro fotos y marcar la muesca. Pero qué se la va hacer, si ya el primer contacto con el abismo del cañón es tan mágico que se te olvida lo pagado. Uno llega y tiene que frotarse los ojos durante un rato, ya que parece
que el paisaje que está viendo esté pintado o sea un decorado. De hecho no vale la pena describirlo. Ni siquiera las mejores fotos le hacen justicia. Hay que verlo.
Después de subir a la atalaya y sentir los fuertes vientos que corren por la zona, he podido comprar una tarjeta de memoria para la cámara y no he tardado en acribillar a fotos al parque a lo japo. Todo bie n, pero tocaba un cambio de tercio. Necesitaba algo más estimulante, una gran ciudad, algo como… ¡Las Vegas! Me he pasado el resto del día en el coche recorriendo las casi doscientas millas que separan al Gran Cañón de la Capital del Juego. Por el camino me he entretenido en algún punto de la Route 66 y también en la inmensa Presa Hoover que aprovecha el agua del río Colorado. Estas paradas han servido para hacer tiempo y así poder entrar a la ciudad de noche, que viene a ser mucho más recomendable.
Y tampoco hay palabras. El sol se ponía y Las Vegas ya estaba preparada para seguir con su imparable ciclo de veinticuatro horas. Si bien pensaba que me costaría un ojo de la cara
encontrar un alojamiento, un modesto Motel 6 en el mismísimo Strip ha resultado ser el hotel más barato desde que abandoné el Youth Hostel de Chicago. Eran las ocho de la tarde y me sentía con algo de fiebre, pero… ¿te vas a quedar durmiendo?
No.
Ya os iré contando.
Las Vegas, NVLittle Italy en el interior del Casino New York, New York.
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