Roanoke, Virginia, dice tener una de las siete maravillas naturales del mundo, pero lo cierto es que en todas las listas en las que he consultado no aparece su famoso Blue Ridge. El lugar en cuestión es una cascada que una vez perteneció a Jefferson y luego fue cambiando de dueño según cambiaban los inquilinos en la Casa Blanca. Decepcionado ante el fraude he decidido no realizar la visita al Blue Ridge y no demorar en el camino hacia Washington DC, o sea, Washington District of Columbia.
El apercibimiento del policía de ayer por la tarde ha sido asimilado por completo y me he propuesto no pasar las setenta millas durante todo el trayecto. Eso se ha traducido, aparte de la evidente mayor seguridad en el viaje, en un menor consumo de gasolina, hasta el punto de que siguiendo esta media, uno puede llegar a realizar seiscientos quilómetros por únicamente los veinte euros que cuesta llenar el tanque. El hecho de que el coche sea de cambio automático facilita las cosas y una vez se pone el tope, uno puede estar tranquilo que no lo va a superar.
Después de un estacionamiento para repostar y para comprobar la exquisitez
de los “hot dog” de carretera, he encarado el último tramo y a eso de las tres de la tarde entraba en el anillo que rodea a la capital. A esa hora, y más tratándose del último viernes del mes de julio, la salida de Washington DC eran quilómetros enteros de retenciones. En esta ciudad viven durante la semana más de un millón de funcionarios del Estado que cuando llegan las vacaciones lo que más están deseando es emigrar y perder de vista el lugar de sus más grandes pesadillas. Sonriendo ante el oportunismo de mi llegada no prevista a Washington, ha aparecido el letrero que da la bienvenida a los visitantes.
Me he propuesto no tomar ninguna salida menor y no me he desviado hasta ver el letrero de “National Downtown”. Según la guía de International Youth Hostels que compré en New York City, tenía que haber un alojamiento barato en una de las primeras calles con las que me he topado, pero después de callejear un rato e incluso aparcar de forma legal, he descubierto que la puerta acogía ahora una casa de tatuajes en un colorido barrio en el que todo el mundo hablaba español. Lejos
del National Washington gris y clásico que me esperaba y que no me parecía digno de una visita, me he encontrado con una ciudad colorista y con sabor. He decidido tomarme una pizza por la zona para atacar posteriormente otra dirección que aparecía en el librito.
No me ha sido difícil orientarme en este práctico sistema de calles que tiene la capital y que combina las tradicionales avenidas numeradas con calles con nombre de letra. Y tocado y hundido, en la 11-K estaba el National Hi DC! Youth Hostel. El principal problema ha venido al intentar aparcar. Eran las cuatro de la tarde y hasta las seis y media no empezaba el fin de semana para los parquímetros. Los párkings privados cuestan a partir de diez dólares la hora y la mayoría de sitios aparentemente libres son para los diferentes organismos que gobiernan la nación. Un poco cansado con el tema me ha parecido ver un precioso hueco sin señal y, siempre prudente, he decidido meter el coche. Me he dirigido al portero de un edificio próximo y le he preguntado si tenía el auto bien aparcado. El tipo me ha señalado entonces un surtidor anti-incendios y me ha
Washington DCMemorial a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.
dejado claro que aquí-esto-no.
Afortunadamente no he tenido que dar más de tres vueltas a la manzana para poder aparcar delante mismo del hotel y con la chiripa de que en ocupante anterior de la plaza me había regalado dos horas de estacionamiento. Ya con el tema resuelto he cogido un habitación de seis personas y ahí he conocido a Roman y a Noel. El primero es un pintor y maquillador californiano (“make-up artist”, según su tarjeta) de 37 años, que se encuentra en Washington para establecerse y par volcarse plenamente en su arte. Veterano de guerra por pintar viñetas en la revista del ejército durante la Operación Tormenta del Desierto de la Primera Guerra de Irak en 1991, Roman percibirá un suculento importe al mes hasta que se muera y no deberá preocuparse nunca más del seguro médico. Noel es del norte de Canadá y lleva dos meses viajando con su ruidosa moto, con incorporaciones esporádicas de su novia que le visita y luego se cansa de él.
Los hostales de juventud, y sobretodo las habitaciones compartidas, son la salvación para los lonely-hearts que viajamos con lo puesto. No ha sido necesario más que una breve presentación
para que Noel sacara una botellita de National Jack Daniel’s ni más de veinte minutos para que nos la acabáramos y nos echáramos a la calle con Roman como guía y con el alcohol como sincronizador de vibraciones.
Después de resolver “insitu” una duda que tenía Noel sobre dónde aparcar su moto, hemos entrado en el National Chinatown y ha empezado a llover. En menos de dos minutos no ha quedado ni rastro de las enormes multitudes de turistas que deambulan por Washington y después de resguardarnos un rato en el National Starbucks de turno, hemos decidido desafiar la naturaleza y hacer una visita bajo agua. Y no éramos los únicos. En el National Garden of Sculpture decenas de personas se remojaban alrededor de la fuente mientras se celebraba el semanal National Jazz In The Garden. Delicioso.
Aún diluviaba que nos hemos topado con el jardín de escultura del National Smithonian, donde descansan las más extrañas esculturas de Rodin, Miró y otros que desconozco. No hemos tardado en hablar de arte y de las sensaciones que nos transmitían esas caras y esos cuerpos, pero ha aparecido un guardia de seguridad para echarnos y nos lo hemos tenido que
camelar, hasta el punto que nos ha acabado contando qué haría él un viernes por la noche para buscar “some action”.
Hemos dejado al hermano y entonces ha parado de llover. El sol se estaba poniendo y la luz era preciosa. Caminando por la parte más verde de Washingon, esa que une el Capitolio, el monumento a George Washington y el monumento a Abe Lincoln con la Casa Blanca, hemos empezado la captura frenética de la mejor foto. Incluso le he dejado una cámara a Roman para que tuviera las mismas oportunidades que el resto.
Y debido a la magnitud de las distancias, hemos llegado a la estatua de Lincoln ya de noche. Atraído ante la majestuosa obra, me he distraído un rato y he perdido de vista a mis compañeros. Al rato oigo un silbido y les descubro sentados a lo picnic en una columna del templo. Y a lo más “american hippie way” hemos intentado averiguar qué hace Lincoln sentado, con esa pose y con esa cara. Los comentarios de mis compañeros eran tan nacionalmente absolutos que no me ha quedado más remedio que sugerir que el viejo Abe simplemente está buscando una chica con quien
irse por la noche, cuando nadie le visite.
Una National Girl, por supuesto, porque todo es “National” en Washington DC.
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Com a canviat la ruta! Be, "caminante no hay camino se hace camino al andar". Encara que no veguis gaires comentaris, que sàpigues que se't seguix. Espero que vagis als grans llacs i que allà si facis moltes fotos. Sens dupte amb el tema menjar no sofreixes en absolut, fast food per un "tubo"... punyetera enveija! Contínua escrivint que agrada! Almenys per als que no tenim vacances ens fa somiar! Una besada!
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