Estos días de reposo Hollywoodiense han servido para llevar al fin una maldita rutina, aunque, como en todas las rutinas, pocas han sido las tareas agradables antes de las ocho de la tarde. Levántate a las ocho para echarle unas perras al parquímetro, ya que si bien el Hostel de Hollywood está rodeado de parkings, el más barato cuesta veinte dólares por una mísera estancia nocturna sin posibilidad de In & Out. Los parquímetros, en cambio, vienen a costar solamente ocho dólares. El problema: al contrario del sistema de parquímetros español, el americano te obliga a estar presente a las ocho de la mañana para echar los primeros dos dólares que te atorgan esas dos horas de estancia sin grúa. Luego vuélvete a dormir, que viene a ser de fácil realización. Pero levántate otra vez a las nueve y media para salir de la habitación con todas las maletas y dejarlas en consigna y para volver a echarle al parquímetro. Desayuno y espera hasta las once para que el "Friendly & International Staff" del hostel te asignen otra habitación. La poca disponibilidad me obliga a estar saltando cada día de estancia y prácticamente ya he pasado por todos los tipos de
habitaciones que tenía el hostel: la habitación compartida masculina, la habitación compartida mixta (para hermanos de diferente sexo, para parejas y para mi…), la habitación semi-privada, la habitación privada, la litera de arriba, la litera de abajo... Resultado: espalda jodida, cuello mosqueado y cuerpo cansado.
¿Qué hacer en Hollywood? En mi caso he decidido pasar de las visitas a mansiones de crímenes famosos (léase mansión del asesinato de Sharon Tate por parte de los secuaces de Charles Manson, etc.). Los Ángeles es el lugar para rendir homenaje a parte de la contracultura norteamericana, o sea, rendir un homenaje al estilo de vida bukowskiano (de Charles Bukowski, "¿escritor maldito?", "¿escritor aventajado?") recreando sus paseos por el asfalto hirviente de West Hollywood y sus visitas a las licorerías de turno para comprar cervezas, vino, etc. Parte del tributo debía completarse con una embriagada escritura nocturna, pero la pereza supina me ha llevado a suspender temporalmente la escritura diaria del jornal de viaje, en parte por la ausencia de cosas dignas a contar. Incluso he dado descanso a la cámara fotográfica de retratar tanto paisaje yanqui y tanto lugar encantado. Resumiendo:
¿Beverly Hills? Sí, ahí está, ¿vienes a darte una vuelta?
¿Santa Monica? Si, no está mal, ¿traes el bañador?
¿Los Ángeles? Ciudad de hormigón, ¿te apetece?
¿Hollywood? Si alguien me ofreciera trabajo, ¡SÍ!
¿Y qué más?
Tues tocaba romper la rutina y volver a la antigua costumbre de coger el coche y lanzarse a la carretera. Aprovechando el despertar matutino del parquímetro de los cojones (sic), a las nueve ya estaba de camino a San Francisco. La distancia, supuestamente los últimos seiscientos quilómetros de este Usa Road Trip 2007 que empieza a cansarme como proyecto. Me explico, en mi mente ha pasado de ser un mero viaje vacacional a ser medio marca registrada-medio viaje iniciatico, y eso es más de lo que le apetece hacer a uno cuando no trabaja.
¡Pero, alegría! Que distancias como ésta ya vienen siendo habituales, y tanto la cabeza como el cuerpo se acostumbran a todo, incluido el quejarse. Todo hubiera sido perfecto si las demócratas autoridades de la ciudad no hubieran decidido cortar durante unos días ni más ni menos que el puente que cruza por encima de la bahísa de San Francisco. Después de intentar atacar la ciudad por diferentes puentes sin éxito, volver a respostar y esforzarme un poco en
CaliforniaDe cachondeo. Por dentro me estoy descojonando.
esos quilómetros "de pájara", la solución era evidente. ¿Cómo llegar al Old Frisco (o sea, San Francisco)? Pues cruzando el Golden Gate, ¿no?
¿Y qué descubre uno en San Francisco antes de bajar siquiera del coche? Pues esas cosas que deberían enseñarse en las escuelas en clase de geografía y parecen no importar. Que la bahía provoca un microclima que invita a la camiseta de manga larga y al estreno prematuro de la moda otoñal (!); que la bahía es cacho grande y que el skyline es precioso, con el archiconocido Golden Gate y las omnipresentes nubes bajas; que Alcatraz, ese islote infame, se divisa sólo poner las ruedas en el puente, y uno entonces se pregunta si los que escaparon sobrevivieron (?); que las calles son más empinadas de lo que uno percibe en las fotografías y en las películas debido a que esas carecen de tres dimensiones; y, finalmente, que uno se siente a muy gusto en una ciudad cálida, acogedora y libre que pasado mañana estrena una emisora de radio que emitirá veinticuatro horas música de The Grateful Dead, el grupo por defecto, por excelencia y por antonomasia más querido, escuchado e idolatrado en toda la
Bahía.
Diez días en San Francisco son un regalo, unas verdaderas vacaciones dentro del esfuerzo realizado en éste viaje hasta ahora.
¿Me estoy quejando? Puede, pero vienen jornales dedicados a nuevas historias, nuevos personajes, nuevos enclaves...
San Francisco (de Asís) da alas.