Published: August 6th 2007North America » Canada » Quebec » MontréalAugust 1st 2007


Montreal, QC
Lovely Montreal.
El Hostel de Montreal organizó ayer una ruta nocturna de bares. Chris, el guía y organizador, consiguió reunir cuarenta personas a las ocho y media dispuestas a participar de esta peculiar actividad. Arremolinados en la puerta del hostal, no fue fácil movilizar al grupo pero finalmente, uno detrás de otro, fuimos camino del metro. En la estación tardamos casi diez minutos en pagar los billetes y en cuanto llegó el primer tren, el vagón fue prácticamente ocupado por la comitiva. Dos o tres estaciones y llegamos al bar. En la entrada Chris nos sugiere qué cervezas pedir y decidimos atacar. Empieza entonces uno de los temas que se repetirá durante la noche: la maldita propina. En este primer bar la camarera te pide directamente la gratificación con un “el servicio no está incluido”. Si ya de por si uno debe pagar los dos impuestos que se le suman al producto, la propina acaba de redondear el coste, que suele ser de un par o tres de dólares más de lo que consta en la lista de precios. Como “a donde fueres haz lo que vieres”, los turistas aceptamos y punto.
Pido mi segunda cerveza y empiezo a jugar con el
tema. Le pago justo y hago el gesto de girarme. Ni corta ni perezosa la camarera me agarra por el hombro para decirme que “el servicio no está incluido”. Me hago un poco el tonto y la chica parece ponerse nerviosa. A mi parecer, un camarero que agarra del hombro ya no ofrece un buen servicio, pero no era mi intención no pagar propina y sólo quería ver hasta donde podían llegar para pedírtela, así que le di otro dólar.
Chris, el guía, llevaba ya un buen pedal encima, debido sobretodo a su empeño en aprovechar las copas gratis que la daban en el primer bar por traer a tanto humano sediento. Era hora de cambiar de bar y la comitiva ya había disminido considerablemente. La ruta empezaba a parecerse a una prueba del “Humor Amarillo” de Takeshi Gitano y al segundo local no llegamos ni la mitad de los que empezamos. Se trataba de una enorme factoría diseñada para el consumo de alcohol de forma de que cada centímetro de bar fuera aprovechado por el máximo número de bebedores. En la barra había unos cinco camareros frenéticos que bebían tanto como servían.
Mi nuevo compañero de habitación


Montreal, QC
Nightclubbing. La camarera es la de la derecha.
y yo observamos que el clima del local y de estas tierras de Québec es en general un tanto rudo y agresivo. Si bien hay más permisividad que en USA con algunos temas que en USA serían motivo de una noche en el calabozo, y eso le da cierto carácter progre y europeo a la ciudad, esto mismo conlleva sus problemas. Montreal se enorgullece de su antigüedad, de su vida nocturna, de su escena gay, del olor de marihuana en algunos sitios, e incluso el alcalde, en la carta de bienvenida recomienda al visitante la música techo de la ciudad. Sí, somos muy guays, pero, “el servicio no está incluido”.
La segunda cerveza que me pedí en esa “factoría del consumo alcohólico” costó ya más cara que la anterior y dejé medio dólar en la barra. La chica me entregó la cerveza, le vio la propina y la tiró al suelo. La cara de los que vieron la escena fue de sorpresa y la mía supongo que también. Aún en shock me agaché para recoger la moneda y observé como la camarera le comentaba indignada a otro camarero lo sucedido. No me pude estar.
-Oye, quizá hay algo


Montreal, QC
Nightclubbing.
que no sé y que me debais explicar sobre las propinas.
En todo momento la chica se mantuvo callada e incluso presa de la rabia desapareció de la barra durante un cuarto de hora. El camarero que se quedó en su lugar me contestó.
-Lo que has hecho es insultante.
-O sea, daros medio dólar es insultante. ¿Por qué no poneis un cartel de la mínima propina aceptada? Mira tío, es mi primer día en Canadá y no sé como funciona el tema, pero ahora la chica ha sido ruda y no creo que se merezca ni eso ni nada.
-Olvídalo. Ha bebido más de la cuenta y se ha puesto nerviosa. Yo la conozco, es mi hermana. Olvídalo.
-Vale, olvidado.
Entonces se puso a gritar en un idioma que me recordó al alemán de los discursos de Hitler que vi en el Museo del Holocausto de Washington.
-Ggrjelgklregmn! Gtitgmngrem!
-¿Qué dices tío?
-Welcome to Canadá! Ggrjgrgkrgjr!
No me gustó ni el tono ni la mirada de este chaval falto de cerebro y le respondí con un lacónico “gracias”. Mientras, un puertorriqueño que había conocido momentos antes me tranquilizó y me advirtió que quien tira


Montreal, QC
Nightclubbing. La comitiva en el metro.
dinero luego lo acaba necesitando. Preferí no agobiarme y en cuanto cambiamos de bar me olvidé del tema.
Último bar. Música jazz en directo y lo mejor de cada casa. Canciones irlandesas pasadas por alcohol. Un negro de goma que bailaba de muerte. Muy buen ambiente, muy buen servicio. En el último bar pagué dos dólares de propina por cada cerveza. Se lo merecían.
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