Published: November 12th 2009Europe » Switzerland » North-West » NeuchâtelNovember 12th 2009
A las seis de la tarde, ya no hay donde meterse. La jornada de hoy ha sido bastante productiva. Pese a que todo empieza a estar un poco nevado, apenas hace frío. Una vez pasada la tos y la remota posibilidad, paranoide, de haber contraído la gripe nueva en algún avión han desaparecido, mi única preocupación es la soledad que ataca una vez se pone el sol. Los primeros síntomas de gripe los curé gracias en parte al mejunje de químicos y homeopáticos que compré ayer en la Pharmacie. La soledad la ha curado hoy Marc, el compañero suizo que aparece y desaparece, pero que hoy se ha dejado ver por La Chaux-De-Fonds.
-¿Vamos a cenar a Neuchatêl?
-Sí, por favor. Me apetece salir de este pueblo.
Una cerveza de alta graduación en el pub “Chauffage Compris” (“Se Incluye Calefacción”) hace despegar un poco más mi a veces encallado francés. Cada vez más siento que poco a poco le estoy sacando el óxido al idioma.
Después de un corto paseo por la pequeña Neuchâtel, llega la hora de cenar. Tenemos una reserva en un restaurante a las ocho en punto. Todo transcurre con normalidad. La comida es buena y el vino también. Hablamos del curro hasta que nos prohibimos seguir haciéndolo. Todo fluye.
Un poco antes de los postres se rompe la tranquilidad del lugar. Las cuatro mesas de diez personas que estaban reservadas a nuestro lado se ocupan al momento. Cuarenta refinados suizos de ambos sexos las ocupan, molestando ligeramente por su ruido a toda la sala, y por sus movimientos, especialmente a Marc.
No tardan en cantar el “Feliz Anniversaire” y entonces empiezan las fotos y los flashes. La homenajeada se abalanza encima de mí para tomar una foto, molestando un poco a Marc y divirtiéndome a mí al ver su trasero casi tocar las sobras de mi ensalada.
De esa diversión que llevo dentro se da cuenta su padre, quien le cuchichea a su hija algo a la oreja mientras me mira con cara distraída. Parece que algo traman.
Acto seguido viene la hija y me ofrece unos bombones. Me dice que son de parte de su padre.
-Mi padre es chocolatero y te ofrece un bombón. Te lo tienes que tomar deprisa, que lleva licor líquido.
No me gusta mucho el chocolate. Le pego un mordisco y luego me meto el bombón enterito. Lo mastico.
-Pues no está malo…
Inmediatamente me doy cuenta de que las cuarenta personas me miran, entre burlescas y acojonadas. Noto algo duro que luego se convierte en blando. Empiezo a comprender. Mastico un poco más y siento aún más la presión de las cuarenta miradas justo cuando me doy cuenta de lo que tengo en la boca es un preservativo. Con cierto estilo, hago una mueca graciosa, cojo una servilleta y lo escupo ahí, evitando ver la goma llena de chocolate.
Me doy cuenta de que todos se están riendo de mi. Es el ridículo absoluto. Aún en shock, no parece importarme. Puedo aguantarlo, tengo sentido del humor. Le niego con la cabeza al autor de la broma y le enseño a Marc el contenido del bombón.
Un par de jóvenes que hay en la mesa de al lado me preguntan qué ha pasado y les explico.
-Ça est limite!
Empiezo a entrar en razón. Es bastante arriesgado hacerle esta broma a un desconocido. Me doy cuenta que las cuarenta personas han pasado a otros temas, a otras direcciones. Sin embargo el chocolatero suizo no deja de mirarme, un poco preocupado por la benevolencia de mi reacción. Al cabo de unos segundos empiezo a sentirme extraño. Entre humillado y victorioso.
Aún estoy a tiempo de levantarme y meterle al condón por la boca, o por la cabeza, manchándole la calva de chocolate. Aún estoy a tiempo de escupir en su fondue de queso, o de mearme en ella o de cualquier otra cosa. Aún estoy a tiempo de pedirle a su hija para compartir el condón. Aún estoy a tiempo de quemar el restaurante. Pero, sobretodo, aún estoy a tiempo de pensar una venganza…
Marc, como buen anfitrión, no está a gusto con la situación y parece querer animarme. Pero no me siento mal, ni nervioso, ni humillado. Tengo sentido del humor y entiendo el sentido de esa broma, pero aún así la sigo encontrando arriesgada. Las miradas intermitentes y que buscan mi complicidad de cada uno de los cuarenta invitados al cumpleaños no dejan olvidarme de lo que ha pasado. Pero me siento tranquilo.
Llego a la conclusión que la mejor venganza será ponerme a llorar, a destiempo. Pensando en la humillación de la que acabo de ser víctima no me costará mucho conseguirlo. Así que me llevo las manos a la cara y empiezo a torcer el gesto… Finjo desesperar. Finjo querer morir. Finjo una depresión. Consigo una lágrima. Luego otra, y luego otra.
Por dentro me estoy descojonando. Me cuesta disimularlo, pero eso me provoca más lágrimas aún.
El restaurante enmudece poco a poco. Y mi llanto les deja jodidos, a todos.