Todo empezó uno de aquellos días que, con el stress del último rodaje aún vigente, uno apenas tiene ánimos ni para coger el teléfono. Durante cinco semanas cada llamada había sido el indicador de algún problema, de alguna urgencia, de alguna labor mal hecha. Las pocas llamadas que no venían a anunciar nada de eso eran de amigos y familiares, quienes tenían que soportar la inmediatez a la que estaba sometido, interrumpiéndoles a veces o no contestándoles en otras. Después de esas cinco semanas de deshumanización me propuse cambiar mi biorritmo a uno más nocturno, y aislarme del resto con la
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